lunes, 2 de marzo de 2009

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Si tengo un poco de sueño en mis manos, los corazones solo esperan ser quemados, hoy el bar esta sin banquetas y la gente erecta ya no quiere esperar, que conmovedor son los que salen para matar su pecho, la carta no se lee, mi sed invade todo mi respeto, corro sobre la barra para desnucarme en un baso de whisky rebasado de perdón. Sobre el extremo desfilan mujeres voluminosas con todos sus sahumerios de pico dulce y sus vestidos de pantallas, los perros sabuesos muerden mis tobillos y no dejan de balbucear su chamuyo. Las colosales mecerás cargan sus copas de fuego y caen sobre su cansancio áspero y retumbado, sus collares atan mis consuelos y se llevan todo lo que ya había pagado en mi mesa, no esperan las propinas saben que mi desdicha es eterna. Aquel escrito en el baño reclama ser recordado por todos y su olor a meada espanta mis lágrimas de ese rincón iluminado por lo descompuesto de las paredes; que se siente no tener un poco de necesidad. Sumergido en los banquetes de la noche pido con mi brazo naufragado otra copa lastimada por la belleza de mi dolor, mis compañeros devoran la miel revistiéndose los bigotes, mientras los templados vasos respiran verdades y desatan la furia de su veneno. Cada vez más y más voy hundiéndome en lo oscuro de aquel bar, alguien me dice: tus pies están sangrando… estas bien?…. Yo le digo: ya estoy como quería.... Cayendo por cada escalón despido las puertas y salgo al suburbio despojado y maldito, las baldosas parecen llevarme no se donde y repito mi encantamiento sin beberlo. Caminando con mis ojos regreso chamullando de las azules con mi compañero secreto, los kioscos ofrecen un poco de consuelo, y mis pies no paran de sangrar. Por suerte soy atropellado por un auto que deja mi alma tirada en la punta de mi cama, tomando aire y engordando de agua me fusilo sobre mis sabanas. Medio muerto miro mis pies diciendo: mañana vemos como hacemos, ya estoy del otro lado. Sin darme cuenta mi cuerpo llega a las dos horas más tarde totalmente desnudo y lleno de ilusiones, acostado con su aliento alcoholizado me habla de que fue lo que hizo mal, de cómo fue que no se acuerda, de que no entiende por que vino desnudo, yo lo miro y sin titubear estrangulo su cabeza con pequeños besos desteñidos, en un lapso incontable y casi sin palabras trata de comprender mi decisión. Él y yo sabemos que nuestra casa algún día será despojada de todo este vacío silencioso y aturdido.





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