Caminando por la costa alejada se oyen los hundientes sonidos de esos seres voladores que hacen de escenario sin saberlo, la arena tan igual por donde la mire trabaja tratando de enterrarme, los arbustos junto con los postes me recuerdan la presencia humana, los campos agitados por soplidos a miles de metros comen los rayos del sol, ese olor a nada me avisa mi triunfo, la orilla trae escalofríos a mis pies, las totoras se abrazan y yo tan flashero en ese momento corro para besarlas sin perjuicios. A unos metros unos árboles me miran con ganas de aplastarme, sobre sus ramas cargan sonidos revoltosos y seductores, levantándome de aquellos besos corro pensando que estoy persiguiendo a María Pía, casi sin aire me detengo por aquel rincón de flores amarillas, congelo mis latidos y por ese momento soy uno más de todo lo que me rodea, no soy diferente, soy uno más, me desaparezco. Y ahí estoy como si nunca estuve, todo parece tranquilo, todo parece estar bien, el río me atrae hacia él aplaudiéndome con sus hondadas, el sol ya cayendo, los ruidos son sutilezas, la oscuridad se vuelve café, lo verde hace de fondo y yo comienzo a despedirme mientras converso con el golosinante río.

No hay comentarios:
Publicar un comentario